miércoles, 10 de marzo de 2010

ALAS INVISIBLES


Todas las personas pueden, en determinados momentos de sus vidas, transformarse en ángeles. Esto sucede siempre cuando el amor expande sus corazones y se vuelven cálidas y receptivas a quien lo necesita. Un estado capaz de escuchar y sentir el ser del otro con compasión y aceptación extrema. El genuino deseo de ayudar con gratuidad y devoción.

Adoptar, curar, cuidar, proveer, facilitar, alimentar, salvar, enseñar... escuchar, acompañar, mostrar al otro que es importante, único, estimulándolo a sentirse poseedor de su fuerza y luz.
Los que aceptan este llamado, pasan a sentir la guía de lo sagrado, pues permiten que el amor, a través de ellas, actúe. Por voluntad propia se vuelven instrumentos, puentes, y sienten así un estado de alegría genuina, una paz interior incomún. Y sirviendo, conocen la libertad.
Cuando extienden su mirada compasiva más allá del propio portón, hacia los que se aproximan, hacia el planeta entero, sus miedos y sus problemas se diluyen. Y el coraje brota de cada gesto constructivo, solidario.

Son tantas las alas invisibles que evolucionan, crecen, cuando los brazos se abren, abrazan, acogen, mecen, protegen, siembran el bien en otras vidas.
Algunos decidieron adoptar un hijo, un animal, un jardín, una causa.
Algunos fueron a algún hospital a contar historias a los niños internados, otros dejaron sus consultorios para llevar la cura a lugares donde los médicos y los recursos no llegan, a lugares olvidados en el mapa.

Otros meten los pies en el barro trabajando por horas limpiando casas de vecinos anegadas por las inundaciones.
Otros reconstituyen muñecas y juguetes. Algunos se sientan en la plaza y escriben cartas para aquel que no aprendió a leer. Hay quien cede lugar en la fila o carga los paquetes pesados de la señora que pasa… o entra a un asilo para visitar a un anciano olvidado. Hay quien por don, toma con serenidad y oraciones, las manos de quien está por dejar esta vida.

Así, por amor, por el proprio amor, una cadena de gestos de delicadeza se entrelaza en una tela que sustenta un nuevo mundo. ¿Qué lleva a las personas de todos los rincones del mundo a largar su confort, su lugar seguro, y alistarse para ayudar a erguir un país destrozado por terremotos y violencia? ¿Qué conduce a otros a juntarse en multitud para limpiar plazas, baños, alcantarillas en las calles de la ciudad, a replantar florestas enteras, a salvar las ballenas, osos panda, a los delfines, elefantes, a encerrar el tiempo de su vida en un laboratorio intentando descubrir el ungüento adecuado para aplacar algún dolor, para dar esperanzas?
Gente que se olvida de su propia seguridad y se arriesga para salvar una posible vida bajo tierra, piedras y escombros.

Son tantas las historias… muy pocas aparecen publicadas. Son actos nobles y bellos que esparcen ternura y luz, que sustentan la posible armonía del planeta, desde los lugares más diversos.

Seres anónimos, hombres y mujeres, cultivan el don angelical de la donación voluntaria. Ellos se multiplican, pues sus acciones nos tocan profundamente, nos convocan a hacer también, a ejercitar nuestras alas invisibles para facilitar la actuación milagrosa del amor.
Sí, el amor transforma hombres y mujeres en ángeles, lleno el pecho de coraje, aportando acciones e intenciones que pueden transformar el caos, reconstruir, reconciliar, hacer nuevos senderos y nuevos sentidos, generando un campo de generosidad hasta en los terrenos más inhóspitos.
Una gran mayoría lo ignora, porque está dominada por la prisa y la ilusión de garantizar lo suyo, su propia salvación.

No hay garantía para nada, vivimos la impermanencia. Nadie está libre del dolor, de la pérdida, pero cuando la cadena de intenciones y movimientos fraternales se junta, surge la sabiduría que nos rige y que permanece aún en las más duras pruebas. Como un milagro, ángeles hombres y mujeres actúan y hacen posible lo imposible. La cadena de amor, aquella que unió las células para que un día naciéramos, afianza la vida en la generosidad, en un mensaje más fuerte que aquel que se funda en el egoísmo y en la ganancia desenfrenada.

Así, cada vez que permitimos que el amor circule y se amplíe en la conciencia, por los gestos de delicadeza generando más delicadeza, somos reconducidos a nuestro origen, a la plenitud, porque somos inundados por lo esencial: podemos dar sin temer perder.

Existen jóvenes que se agrupan para moverse en sentido contrario, banalizan el amor y adoptan modales groseros y torpes de vivir y de encarar al otro. Están nublados por la conciencia pequeña delante de la grandiosidad y preciosidad de la vida. En su inmadurez, se cierran para recibir y dar amor, volviéndose mensajeros –muchas veces inocentes- del caos. Muchos niños pasan su infancia frente a la TV, tirando a matar para ganar el juego, poco y mal cuidados por este mundo turbulento y competitivo, donde ser es tener más poder, fama.

Pero entre ellos siempre surgirán seres con alas. Cualquier momento es el momento justo y el lugar preciso en que individuos simples pueden verse envueltos en una luz arrebatadora, volverse guardianes unos de otros, adquiriendo alas invisibles, potentes. Habitantes del planeta que vuelan y trascienden su condición humana común y despiertan a la conciencia de quien está alrededor, cavan horizontes y construyen puentes de cura en la tierra que sangra.

Cecilia Borelli